Norma Valle

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Las mujeres, la guerra y la vida cotidiana

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Título del panel
El efecto de la guerra en las futuras generaciones, una visión femenina de la paz

“La guerra ha cambiado nuestra
vida, no nuestro espíritu”
Danielle Vella.

Ponencia

Quisiera hablar de la guerra como una situación ajena, pero desgraciadamente no lo es. Las mujeres conocemos la lógica de la guerra desde adentro.
En este breve espacio voy a compartir datos de las vidas de algunas de las mujeres que he conocido en los encuentros en los que he participado a través de mi vida como activista feminista y que muy pronto me obligaron a repensar el mundo desde otra perspectiva. Voy a intentar hacerlo en orden cronológico.
Estábamos en el 1975, cuando recién organizada la Federación de Mujeres Puertorriqueñas, partimos en una delegación a la primera Conferencia Mundial de la Mujer de la Organización de Naciones Unidas. Nosotras, las boricuas, no participamos en la conferencia oficial, sino en la Tribuna, que es la conferencia paralela para las organizaciones no gubernamentales, donde caben las nuestras, como país no soberano. Supe entonces de la enorme solidaridad de las mujeres latinoamericanas con nosotras, las jóvenas de la colonia de Estados Unidos. Nos movimos como liebres por todo aquel espacio. Montamos una mesa con materiales sobre la situación de las mujeres en Puerto Rico, que nos correspondió justo al lado de la de la Organización para la Liberación de Palestina, representantes también de un país no soberano, intervenido. Rápido establecimos relaciones con las mujeres palestinas, y yo conversé ampliamente con Jihan el Jelou (posiblemente un seudónimo), secretaria de relaciones internacionales de la sección femenina de la OLP. Esta compañera me sorprendió con una petición, se acercaba el día de la conferencia que ellas darían y preferían que yo le tradujera simultáneamente del inglés al español el discurso de la dirigente de su organización. No confiaban y no querían utilizar los servicios de traducción de la ONU.  El arrojo de la juventud y el deseo de colaborar me permitieron realizar esta ardua tarea. Lo que traduje, todavía me da escalofríos, yo repetía sus palabras con rapidez, contaba el horror que vivían las mujeres en la Palestina. (Y que todavía hoy viven.) Invadidas en sus propios hogares, viven como en campos de concentración. Muerte, hambre, niños y niñas entrenadas para la defensa de su hogar. Y aun así se tiene que comer todos los días, las mujeres tienen que ir al mercado, comprar lo que pueden y preparar algo para los niños, a quienes cuidan, y a los heridos, a los ancianos.

 

En una mesa del comedor, entre amigas, allí también en México, conocí a una exiliada chilena. Recién salía de la cárcel, dónde había pasado los últimos tres años. Nos contó de sobremesa como una de las torturas que utilizaban los esbirros de Pinochet contra las presas políticas era insertarle ratones en la vagina. Era una mujer hermosa, jovial a pesar de la tragedia que acababa de sobrevivir y que  su país todavía padecía. Varios meses después me enteré en Puerto Rico, por una nota en el periódico, de su fallecimiento, tenía los órganos internos destrozados.
En el Congreso Mundial de Mujeres, en Berlín, también en el 1975, compartí en varias ocasiones con doña Hortensia Bussi, viuda de Salvador Allende. Una mujer dulce, pero de una fortaleza inquebrantable, enterró a su marido, asesinado por las fuerzas al mando de Pinochet. Durante un almuerzo le reclamó a las representantes de los países de Latinoamérica que dieran más visas para exilados de su país, a mi me sentó a su lado, y me dijo, “a ti no te lo pido, sé que tu país no tiene el poder para solicitar a nadie.” La escuché durante horas hablar de la represión en su país, del dolor del exilio, y de la fuerza que tenían que tener todas las mujeres para resistir, para sobrevivir.
Conocí a muchas, a muchas exiladas de diferentes dictaduras. A Haydée Ballesteros, de Uruguay, del ejército de liberación Tupamaros. Ella me dedica unas hermosas palabras de solidaridad con nuestro pueblo y dice “venceremos”. Vivió la guerra fraticida contra la dictadura, luego el exilio, y espero que también el regreso a la patria liberada de hoy. Nguyen Thi Thao de Vietnam estaba victoriosa cuando la conocí, su país recién había triunfado después de una guerra de casi novecientos años, contra varios imperios, el japonés, el francés y el de Estados Unidos. Nos retratamos juntas en el 1977.
En el 1993, participé en el Tribunal de Viena sobre derechos humanos de las mujeres. Déjenme decirles que nada se compara con los testimonios de las mujeres que allí estaban reunidas de todas partes del mundo. Creí que durante esos dos días de testimonios mis ojos se quedarían sin lágrimas y mis oídos no podrían escuchar otra atrocidad.
Bok Dong Kim, fue una mujer confort de Korea, para las fuerzas imperialistas japonesas durante la Segunda Guerra Mundial. Bok tenía 15 años cuando fue raptada por los soldados y llevada a una casa “comfort”. Allí era violada hasta 15 veces en un solo día. Fueron años de tortura, durante los cuáles nunca supo si resistiría lo suficiente para sobrevivir. Lo hizo junto a un pequeño grupo de mujeres que demandaron al gobierno japonés, que por fin pidió perdón y pagó una indemnización. No les devolvió la vida a estas mujeres, pero si un poco de dignidad.
Favila Memisevic, de Bosnia Herzegovina, miembra del Centro de Crímenes de Guerra contra las mujeres.  Ella contó de las violaciones y maltrato continuo de las fuerzas serbias contra sus mujeres, durante los años de guerra y posguerra en los países que integraban la antigua Yugoslavia.
Y así escuchamos a la compañera de Sudáfrica, que vivió el apartheid. A la viuda de la India, quemada por la familia de su difunto marido porque rehusaban mantenerla. A la nicaragüense paralizada de la cintura hacia abajo por el uso de anestesia contaminada durante el alumbramiento de su hijo en un hospital del estado. A las mujeres de África, mutiladas en sus genitales. A la chica estadounidense abusada por un sacerdote, a la joven costarricense incestuada por un familiar. A la compañera peruana perseguida por Sendero Luminoso. Ella fue fundadora de un comedor de barrio, y porque Sendero la consideró colaboracionista con el régimen, entraron a su casa de noche y dispararon a toda la familia. Mataron a su marido y a un hermano y su hija quedó totalmente afectada emocionalmente; tuvieron que exilarse en Costa Rica.
En el 1995, participé en la Tribuna de la Cuarta Conferencia Mundial de la Mujer en Beijing, China, como portavoz de prensa de las mujeres latinoamericanas. Un día, cubriendo ya la Conferencia oficial, me escapé para visitar la tumba de Mao. Llegamos a las 6:30 de la mañana para hacer una larga fila que nos llevaría brevemente frente al féretro, donde el cadáver embalsamado de Mao Ze Dong está expuesto. Mi sorpresa grande fue que la fila no estaba formada por turistas occidentales sino por cientos de hombres y mujeres chinas que habían viajado largas distancias para ver a su emancipador. La mayoría era de hombres jóvenes. Sin embargo, quien me llamó la atención fue una mujer, anciana ya, que tenía los pies mutilados. No sé si saben que a las mujeres chinas, desde que nacían le amarraban los pies para que no se desarrollaran y caminaran a saltitos, porque eso se consideraba elegante para la gente de clase alta y esclavizante para las grandes mayorías de mujeres pobres. Esa mutilación provocaba dolores horribles a las mujeres. Ví a esa mujer llorar ante la tumba de Mao, quien eliminó de un plumazo la horrible práctica, tan pronto triunfó la revolución de 1959.
Muchos de ustedes conocieron aquí (2008) en UPR Cayey a la compañera y amiga, Margarita Drago, escritora y maestra argentina, que vivió la guerra sucia de los años de dictadura de su país. Ella resistió cinco años de cárcel y sobrevivió para contarlo.
Qué por qué les cuento de todas estas mujeres; pues porque la guerra tiene rostro, lo vemos a diario en nuestras calles, y en las de todos los países del mundo. Un rostro público y uno privado. Por que se plasma en eventos al aire libre, en batallas y escaramuzas públicas, así como en la privacidad de una habitación, en una celda o en un callejón oscuro.
Aquí en Puerto Rico veo el rostro de las mujeres víctimas/sobrevivientes de la guerra cuando una mujer embarazada me pide dinero en la luz para mitigar su adicción a las drogas; cuando veo el rostro en el periódico de la enfermera asesinada antier por su ex marido en el Hospital del Maestro; cuando veo el rostro de una mujer violada, de cientos de mujeres discriminadas por género en sus empleos, en los centros de estudio, en los comercios; discriminadas, además, por gordas, bajas, altas, feas, o hasta por demasiado bonitas, porque el modelo de belleza es uno creado por las fantasías de publicistas ávidos de dineros.  Ellas resisten día a día, sobreviven esta guerra no declarada de una sociedad en la cual todavía no existe el respeto por la integridad de las mujeres, como humanas completas, con derechos.
Las mujeres resisten desde hace milenios las manifestaciones de género de la guerra. Cuando los invasores atacaban a una población antaño, asesinaban a los hombres y violaban y robaban a sus mujeres. Además, las obligaban a traicionar sus principios y su pueblo para que se amoldaran a una nueva identidad. Eso ocurría hace milenios, pero hoy en día también las mujeres padecen las torturas de  género, de formas diferentes, siguen siendo las mismas en esencia. Porque a las mujeres todavía en muchas instancias se les considera un objeto de propiedad de los hombres.
Sin embargo, las mujeres hemos desarrollado estrategias de resistencia y sobrevivencia que tenemos que conocer y fortalecer. Se hace todos los días, con pequeños actos cotidianos, desde los más íntimos e individuales, hasta los más grandes y colectivos.

Agradezco a las jóvenas y jóvenes que organizaron esta jornada porque de ellas y ellos es el reino de la paz.


Universidad de Puerto Rico en Cayey
Anfiteatro Morales Carrión
10 de abril de 2008






 

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