Norma Valle

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Miau

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¿Para qué esta la literatura sino es para invocarla en los momentos más desesperados del aburrimiento y la impaciencia? Me refiero a cuando una esta en la sala atestada de gente en una oficina de gobierno esperando que te atiendan. Cometí el enorme error de ir el otro día al CRIM (Centro de Recaudación de Impuestos Municipales) sin un libro en la cartera. Fui por la tarde, una vez había agotado todos las formas habidas y por haber de obtener el documento a través de Internet. Por esa razón recurrí a recordar la novela “El Proceso” (1925) de Kafka y “Miau” (1888) de Benito Pérez Galdós, esta última más cercana a nuestra idiosincrasia de pueblo.

En “Miau” el protagonista es un buen empleado público despedido por su eficiencia, quien se convierte en blanco de las burlas de sus compañeros pues nunca se prestó a entuertos políticos. El se queda en la miseria mientras algunos colegas menos rigurosos se acomodan a los tiempos cambiantes. En este personaje, que hoy en día podría también haber sido una mujer, pienso cada vez que me veo obligada a visitar una oficina de servicio, donde se apilan los empleados o cambian después de cada elección.

Pero ¡ojo!, no se trata solamente del servicio público, las oficinas de empresas y profesionales de la medicina son del mismo cantar. Hay que acampar en las mismas para recibir servicio, no siempre de buena calidad. "La burocracia es una forma organizada de ser irracionales", dijo en una entrevista para Clarín el sociólogo y filósofo español José María González García, para luego explicar que no importa donde se implanta el sistema de organización puede convertirse en una burocracia impenetrable. Ya lo decía Mafalda cuando nombró a su tortuga “Burocracia”.

Volviendo al CRIM, a la UPR, a Triple S, a la AEE, a la AAA y todas esas oficinas de siglas incomprensibles me asombro de la forma en que los jefes complican y tuercen las acciones para entonces desenredarlas como la madeja de una tela de araña, provocando la desazón y la incredulidad de cada quién y cobrando en tiempo o en dinero cada pequeño nudito.

La cosa es que la experiencia en el CRIM después de todo, cuatro filas y muchas caras no fue tan mala. Hasta me encontré varios conocidos, nos deseamos que saliéramos pronto, festejé que no me dieran un boleto de estacionamiento y desarrollamos las víctimas de la burocracia una franca camaradería en la “irracionalidad” de la que habla el filósofo y la certeza de que esas muchas horas invertidas en conseguir un papelito pudieran ahorrarse con solo apretar una tecla de la computadora.

 

El Vocero, 5 de febrero de 2013.

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