Norma Valle

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Timbuktú, Mali

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El gobierno liberal de Francia, dirigido por el presidente socialista Francois Hollande, gasta 2.7 millones de euros ($3.5 millones de dólares) diariamente en su intervención bélica en la República de Mali. La prensa internacional, por su parte, ha denunciado su marginación del evento. Según la organización “Reporteros in fronteras” los ejércitos francés y maliense han impedido la cobertura noticiosa de la intervención bélica en el país africano. “Es una guerra oculta del ojo público en tiempos de Twitter y el “livestreaming”, dijo la organización de prensa.

¿Qué hay detrás de la intervención de Francia en su antigua colonia africana? Mali declaró su independencia del país europeo en el 1960, luego de más de sesenta años de coloniaje durante los cuales Francia se benefició de los enormes recursos naturales de ese país, oro, uranio y abundantes productos agrícolas. Mientras, la población del país africano, calculada hoy en unos 14 millones de habitantes es una de las más pobres del mundo. La expectativa de vida es de 49 años de edad y la mortalidad infantil es despiadadamente alta.

Ahora, se le quiere achacar a la influencia de Al Qaeda en la etnia tuareg la desesperada situación de las mujeres malienses, sin embargo, la alta tasa de analfabetismo entre ellas, que alcanza casi el 50 por ciento no es una manifestación reciente sino que data de décadas de desidia. Las mujeres occidentales nos identificamos con las necesidades de las compañeras africanas de países musulmanes, pero de ninguna manera se nos obnubila la visión de unos países ricos que quieren a la fuerza mantener su riqueza y poder a base de la expoliación de los más pobres.

Francia es uno de los países que más depende de la energía nuclear, que a su vez depende del uranio de las minas africanas, ubicadas en el área geográfica de Mali. Es decir que no hay tal “caridad” francesa o preocupación de los países aliados por la población maliense sino franca y llanamente el deseo de seguir expoliando a los países ricos en recursos naturales, pobres en las facilidades de su ciudadanía. Primero fue Iraq, luego Libia, ahora Siria, Mali y la lista continúa.

Las políticas imperialistas con respecto a Mali y otras jóvenes repúblicas africanas son complejas, se centran en ellas las diferentes fuerzas de poder de países cuya fuerza económica los ha ubicado en el vórtice. Estados Unidos, la Unión Europea, Rusia, China compiten y buscan nuevas formas de hacerse con el poder de una u otra forma. Mientras los simples mortales vemos con tristeza y rabia las intervenciones bélicas, las repetidas masacres como colateral de guerra y el flujo de recursos naturales de un país pobre a uno rico, los políticos se reúnen un diáfano salón a discutir la repartición del botín.

Quisiera ver durante esta década a países solidarios que en vez de invertir 3.5 millones de dólares diarios en armas y saqueo lo invirtieran en educación, salud y cultura. Timbuktú, una de las ciudades históricas de la humanidad, que fue centro de la cultura islámica, la arquitectura y el saber debería ser respetada por todos los bandos. Los centros históricos y museos de Iraq fueron destruídos durante la intervención estadounidense que buscaba “armas de destrucción masiva” que nunca encontró. Así ha sucedido en Libia y en otros lugares históricos. ¿Cuándo va a cesar la expoliación de Àfrica? Tantos siglos de lucha para erradicar el lucrativo negocio de la trata de esclavos africanos parece no habernos enseñado nada. Esta vez no es el robo de seres humanos para esclavizarlos, sino de uranio y oro para facilitar el estilo de vida de los países ricos.

Siempre recuerdo que mi padre hablaba con ternura de Timbuktú en Mali como una tierra lúdica, de saberes diferentes e historias fascinantes. Ahora hasta los sueños han sido derrumbados por los drones y las armas occidentales de destrucción masiva.

 

El Vocero, 12 de febrero de 2013

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